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martes, 28 de julio de 2015

MENSAJE DOMINICAL DE LA PALABRA DE DIOS.

Domingo 26 de julio de 2015.




Para leer la reflexión de la Palabra de Dios
de este Domingo, pincha abajo en "Más información".


Queridos hermanos y hermanas:

En este Domingo, el número XVII del Tiempo Ordinario, la Iglesia universal celebra a los Santos Joaquín y Ana, a quienes la tradición de la Iglesia a considerado los padres de la Virgen María y, por ende, los abuelos de Jesucristo. Por eso quiero comenzar felicitando a quienes hoy celebran su fiesta onomástica y, por ser sus santos patronos, a todos los abuelos y abuelas.

La palabra de Dios de este domingo nos invita a la reflexión de la grandeza del misterio del sacramento de la Eucaristía, que la Iglesia desde sus comienzos la ha considerado principal y esencial en la vida de la ella misma y de cada uno de los cristianos y cristianas de todos los tiempos. La Eucaristía va más allá de ser un mero rito. La Eucaristía es el mismo Jesucristo que mantiene unida a la Comunidad eclesial y que la alimenta hasta saciarla, en ese milagro diario y continuo que initerrumpidamente sucede, no sólo como signo de la presencia divina en medio de su pueblo sino como el cuidado de un Dios que alimenta y cuida a sus hijos.

En el Libro de los Reyes vemos cómo una escena parecida a la narrada en el pasaje del Evangelio sucede siglo antes. Dios se preocupa de que los creyentes no pasen necesidades materiales, y menos la necesidad fundamenta para todo hombre y mujer: la comida. Sin alimento se pone en peligro la salud y hasta la vida humana. Y el pan es el alimento más universal y presente en todos los pueblos conocidos de la antigüedad. El pan era el alimento fundamental de la dieta de las familias, y, hasta en la familia más pobre seguro que si había algo para comer era pan. El pan de Dios es un pan sagrado presentado en ofrenda al Altísimo. El pan de Dios se reparte en abundancia y nadie se queda sin comerlo por falta de este alimento. 

Dios nos ama, y por amor nos ha dado la vida creándonos y ofreciéndonos todo lo que sus manos creadoras han realizado. Un Padre no se conforma sólo con dar vida a los hijos sino que procura que éstos la tengan todos los días. Dios alimenta a sus hijos porque no quiere que mueran. Dios alimenta a sus hijos porque no se desentiende de ellos. Dios alimenta a sus hijos porque es generoso hasta más no poder.

Y si el Padre es así, lo sabemos porque el Hijo también lo es de la misma manera, y ese es uno de los grandes mensajes del pasaje evángelico tomado de Juan. Y es que hay un esfuerzo en dicho Evangelio en desgranar la importancia de los sacramentos de la Iglesia y de cómo éstos, especialmente el Bautismo y la Eucaristía, son dadores de vida, y de vida eterna.

Jesús está en el monte predicando, en un lugar de altura que le sitúa cerca de la presencia divina. Predica sentado como los grandes maestros. Terminada la jornada Jesús observa que la multitud tiene hambre y se siente en la responsabilidad de alimentarlos. Jesús muestra una gran sensibilidad y preocupación por este pueblo que le sigue, la Iglesia, y que saciado con la escucha de su palabra necesita saciarse con el pan que Él sólo puede dar. Humanamente era imposible dar de comer a tantos con tan poco alimento. Ni con dinero, insiste el relato, se soluciona este problema. La impotencia de los discípulos les hace dudar de la propuesta del Maestro, pero la fe les lleva a la obediencia. Jesús recibe lo poco que tienen, unos pocos panes y pescados. Es precisamente un niño, el menos insignificante de la comunidad, el que menos cuenta en cualquier sociedad y de donde menos se podría esperar que viniera la solución, el que aporta lo que hace falta. El más pequeño pone lo poco que tiene al servicio de Jesús y de todos los hermanos y hermanas. La generosidad y el desprendimiento hace que a otros necesitados les sobre. Y Jesús bendice esos panes, y en nombre del Padre los reparte.  la acción del Espíritu Santo hace que haya pan no sólo para comer y salir del paso, sino para sentirse saciados.

Hambre de Dios es lo primero que se necesita para acercarse y ser alimentados por el Pan de Dios. El hombre de hoy, tan saciado de todo, no tiene hambre de Dios y por ello no entiende ni necesita la Eucaristía. Nos autoalimentamos nosotros mismos y principalmente cuidamos nuestro cuerpo y descuidamos nuestro espíritu como si éste no necesitara alimentarse para estar fuerte y tener vida. Nos conformamos con poco cuando se trata del cuidado espiritual. Hay quienes intuyendo y notando esa necesidad en sus almas buscan alimento en el yoga y en otros métodos que no buscan a Dios sino la paz interior, el equilibrio, etc. La Eucaristía no es buscarse a sí mismo ni buscar el beneficio personal. Cuando más vacía está nuestra vida cristiana, más recurrimos a lo romántico de la religión propia o de otras religiones. Nos quedamos con lo fácil y con lo que menos compromete.

Y es que la Eucaristía es dejarse alimentar por Cristo, que a su vez Él es el alimento incomparable y único, para alimentar nosotros a nuestros hermanos y hermanas hambrientos y necesitados espiritual y materialmente. La Eucaristía no es un encuentro privado y reservado con Cristo y que nos aísla del mundo y de sus problemas. La Eucaristía es la continuación de la caridad ejercitada fuera del templo en una oración que se convierte en el acto de dar amor amando, amando al compartir y darse así mismo a los demás y de lo mucho o poco que tengamos cada uno de nosotros. La Eucaristía no es quedarnos en la belleza de unos ritos y en la pobreza de su vivencia si no entramos en lo profundo de lo que celebramos y si no nos traslada a el servio, a la generosidad y a la entrega con los hermanos, como lo hizo el mismo Cristo, partido y compartido en el Pan de los pobres de Dios: la EUCARISTÍA.

Feliz Día del Señor para todos y que disfruten bien los que ya están de vacaciones.