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sábado, 18 de febrero de 2017

REFLEXIÓN DE LA PALABRA DE DIOS. Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario.




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INTRODUCCIÓN

En esta sección del blog parroquial SANJUANYPIEDAD.COM queremos meditar cada semana la Palabra de Dios que se lee y que se proclama en la celebración de la Eucaristía del Domingo, en cada ocasión diferente y con mucho que enseñarnos.

DOMINGO SÉPTIMO DEL TIEMPO ORDINARIO

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro del Levítico 19, 1-2.17-18
SALMO RESPONSORIAL
Sal 102,1-2.3-4.8 y 10. 12-13 (R.: 8a)
SEGUNDA LECTURA
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 3, 16-23
EVANGELIO
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 5, 38-48

En la Primera Lectura del libro del Levítico, uno de los cinco libros del Pentateuco, escrito quinientos años antes de la venida de Cristo y que responde a la tribu de Leví, de casta sacerdotal. este libro recoge numerosas leyes y subraya que el pueblo de Israel fue elegido para la santidad.

El texto de hoy invita a la santidad, presentando como la causa de esta vocación de todo creyente el hecho de que Dios es santo. No tenemos que ser santos por iniciativa propia sino para ser más semejantes a Dios.

¿Y en qué consiste, por tanto, la santidad? El texto nos la define por las acciones y los hechos que hemos de tener y de hacer.

El amor y la corrección fraterna es una de las vías para alcanzar la santidad, junto a la misericordia y el perdón a quienes te ofendan. Y lo termina resumiendo en un amor a los demás como el amor que te tienes a ti mismo.

Hablando también de la santidad, Pablo en su carta de hoy nos habla de que nosotros somos los templos en los que habita el Espíritu Santo que hemos recibido en el bautismo. Sigue arremetiendo para quienes se sienten sabios por sus conocimientos humanos, que les lleva a la soberbia de creerse superiores a los demás.

Seguimos con la lectura continuada del Evangelio de Mateo de estas semanas anteriores. Mateo escribe con la intención de resolver los conflictos y los enfrentamientos que llevan a la división y a los problemas de convivencia en la comunidad a la que está destinado su Evangelio. Por eso el autor nos da las claves para resolver desde la fe las dificultades en la vida fraternal.

Jesús comienza su intervención haciendo referencia a la antigua ley con la que se intentaba limitar las actuaciones vengativas cuando alguien ofendía a otro. El ofendido sólo podía hacer justicia a su ofensa devolviendo en la misma medida, ni más ni menos, el trato recibido por su ofensor. Se consideraba una ley justa que impedía que hubiera abusos o excesos. 

Jesús tumba y dinamita por completo esta ley por otra manera de actuar y de responder cuando uno de nosotros nos sentimos ofendidos y maltratados. Se trata de poner la otra mejilla cuando te abofetean. Esto aplicado como fórmula no es otra cosa que decirnos que tengamos una actitud pacífica, y que no respondamos con violencia a la violencia, ni nos sintamos provocados por los violentos. La mansedumbre de la que nos habla Cristo supone la bondad de quien se deja llevar por el amor de Dios. Cuando nos hieren físicamente nuestra herida también es en el corazón, el cual, invadido por la ira que se ha provocado desea devolver el daño recibido. 

Poner la otra mejilla no consiste en contener la rabia y controlar tus actos ofensivos. Poner la otra mejilla es amar la paz y vivir en paz con los demás. La paz no se construye con la violencia sino con el perdón y la reconciliación, que sana las heridas del corazón y deshace los remordimientos de conciencia. No es fácil, pero tampoco imposible. La muerte en cruz de cristo, como la de tantos mártires, nos hablan de tantos hombres y mujeres que han puesto su otra mejilla. 

El amor que Jesús nos propone no es hacia los que nos caen bien y nos aman. Ese amor sale solo y es muy fácil de compartir. Ahora bien, la cosa cambia con los que tenemos atragantados y con los que tenemos deudas pendientes por las heridas de un pasado que siguen frescas.

Jesús no quiere rodeos ni escusas. El amor hasta el límite de considerar a tu enemigo como hermano tuyo. No sólo perdonarle sino amarle, no desearle nada malo ni hacerle mal. Y nos pide hasta orar por nuestros enemigos, pues la oración pedimos cosas buenas para nosotros y los demás. Pedir cosas buenas para nuestro enemigo nos duele. Un dolor que sana y que hace que no se asiente en el fondo de nuestro corazón ni el odio ni las ansias de venganza.

Jesús aprieta más la tuerca y corta todas nuestras salidas añadiendo que no somos quienes hemos de juzgar a los demás, ni si quiera a Dios por ser bueno cuando hace que hasta los que nosotros consideramos malos se beneficien de sus bondades y gracias.

La santidad nos diferencia a los cristianos. Se trata de una santidad como la de Dios Padre, y la del Hijo, que en la cruz puso la otra mejilla y perdonó a sus asesinos, pidiendo al Padre que también lo hiciera. Por eso, el crucificado es la bandera de la paz, del amor y del perdón. Pues en la cruz tenemos la enseñanza llevada a la coherente práctica de vivir en un amor que no es una ideología sino la entrega de quien de verdad lo siente y lo desea.


Emilio José Fernández.