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martes, 16 de junio de 2015

MENSAJE DOMINICAL DE LA PALABRA DE DIOS.

Domingo 14 de junio de 2015.



Para leer la reflexión de la Palabra de Dios
de este Domingo, pincha abajo en "Más información".


Queridos hermanos y hermanas:

Ya estamos en pleno Tiempo Ordinario, en el que el principal mensaje de la Palabra de Dios es el anuncio del Reino de Dios, con los signos y párabolas de Cristo para hacerlo visible y para hacerlo más comprensible.

Cristo ha venido al mundo con una misión que llevará a cabo a lo largo de su vida y en una gran intensidad en los tres últimos años antes de su muerte, siendo la causa por la que entrega su vida en una cruz: el Reino de Dios.

Esta realidad del Reino de Dios está ya presente en todo el Antiguo Testamento, pero Cristo nos la muestra como algo real que ya forma parte de nuestro presente pero que será en plenitud al final de los tiempos. Así pues el Reino de Dios se convierte en la esperanza de todo hombre creyente y de la Iglesia; por la esperanza puesta en el Reino de Dios que viene y que alcanzaremos en un futuro, el color litúrgico de este tiempo es el verde.

El Reino de Dios es una realidad que es más espiritual que material, que se hace invisible pero sentimos su presencia en medio de nosotros. Es de Dios y viene a los hombres. No es de este mundo pero está presente entre los hombres y mujeres de cada tiempo. Cristo lo anuncia y lo explica para que podamos conocerlo mejor. El Reino de los Cielos es un misterio y al mismo tiempo es una gracia que ya disfrutamos.

Cristo es un Maestro excepcional y sabe adaptarse en su vocabulario con el lenguaje propio del auditorio que tiene enfrente. Ante la gente sencilla emplea la parábola, una explicación hecha con contenidos de la vida real y ordinaria, y para que el oyente se haga una imagen mental, a modo de película o fotografía, y pueda ver mejor lo que no es fácil de describir con palabras humanas. Se compara lo desconocido con al algo que todos conocen para que lo puedan suponer mejor.

Los profetas también transmiten lo que Dios les revela a modo de parábolas. Así ya se anuncia en el Antiguo Testamento el Reino de Dios como el triunfo de los humildes, porque lo grande empequeñece a los ojos de Dios y lo pequeño se engrandece. Y por el que nadie apostaba resulta que es el que da más fruto y beneficios.

El Reino de Dios crece en donde es sembrado, y lo hace en lo oculto y en lo secreto. Porque Dios trabaja sin ser notado y hace maravillas en nosotros sin que nadie se dé cuenta, pero se ve en las obras que salen de nosotros cuando de verdad el Reino arde en nuestros corazones. 

Podemos caer en un misticismo barato de aparentar ser hombres y mujeres de Dios y de oración. Pero luego ni nuestras palabras ni obras llevan el perfume de lo que se supone que llevamos dentro. Cuidamos una liturgia a veces llena de estética pero no entramos en lo profundo de los misterios que celebramos ni se provoca en nosotros el encuentro con el Resucitado. Y es que vivir en cristiano no es cosa de grandes ruidos ni actos, ni de mucha multitud ni de ser primera noticia o titular de la prensa.

Cuánto bueno hay y cuántos hombres y mujeres de bien hay en este mundo, pero en un anonimato que hace que se note la presencia de Dios en nuestro alrededor. Así ha de ser nuestra vida: no hacer para que se vea sino para que el bien produzca más bien. A Dios le gusta mirar con la lupa, en lo pequeño, en lo que casi no se ve. Muchas veces no lo encontramos porque buscamos en lo que más destaca por su grandeza, sin embargo, Dios se hizo pequeño, en la humanidad de Cristo, para estar en los pequeños y en lo pobres.

Para ser parte del Reino de Dios he de ser pequeño y pobre, más allá de lo material, pues las apariencias en gañan según las gafas de Dios, pues para Él lo importante está en la humildad.

Feliz Día del Señor, hermanos y hermanas.