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jueves, 29 de diciembre de 2016

REFLEXIÓN DE LA PALABRA DE DIOS. Sta. María, Madre de Dios, 1 de enero.




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INTRODUCCIÓN

En esta sección del blog parroquial SANJUANYPIEDAD.COM queremos meditar cada semana la Palabra de Dios que se lee y que se proclama en la celebración de la Eucaristía del Domingo, en cada ocasión diferente y con mucho que enseñarnos.

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro de los Números 6, 22-27
SALMO RESPONSORIAL
Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8 
SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 4, 4-7
EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Lucas 2, 16-21

Coinciden varios acontecimientos litúrgicos en la celebración de este domingo:

1.- A los ocho días del Nacimiento del Señor celebramos el último día de la Octava de esta solemnidad. 

2.- Por ser el domingo posterior a la Solemnidad de la Natividad del Señor celebramos el II Domingo del Tiempo de Navidad.

3.- Por ser el 1 de enero, celebramos la Solemnidad de "Santa María, Madre de Dios".

4.- También el primer día del Año Nuevo la Iglesia celebra la Jornada Mundial por la Paz.

Y cómo no, la Palabra de Dios tiene un mensaje para tanto como celebramos en un único día.

La lectura del libro de Números es una de las más bellas oraciones de bendición que se hayan escrito. Su autor es Dios, el cual se la comunica a Moisés. Tan breve como intensa y profunda. Dios no se pierde en discursos sino que derrocha en acciones. Esta preciosa oración la usa con frecuencia San Francisco de Asís para bendecir a sus Hermanos de la Orden de Frailes Menores, reflejando también la espiritualidad franciscana.

Pablo se dirige a los Gálatas subrayando que por Cristo todos somos hijos de Dios, que es un Padre que nos quiere y nos cuida. Pablo en esta reflexión teológica deja claro que nosotros somos hijos de adopción mientras que Cristo lo es en su totalidad, por eso Cristo participa de la naturaleza divina del Padre. Pero participa de nuestra naturaleza humana por haber nacido de una mujer, en cuerpo y en sangre. Gracias a este milagro, al cual contribuye María, nosotros hemos ganado en la dignidad más grande que todo ser humano puede alcanzar, la de ser hijos e hijas de Dios.

En el Evangelio, continuamos con el pasaje de la Noche Buena, de la Misa del Gallo. Los pastores que fueron sorprendidos por el anuncio de un ángel, cumpliendo el encargo han llegado hasta un lugar en donde han encontrado a una familia, y un niño recostado en un pesebre.

A la madre de ese niño no la conocemos por lo que se nos describe de ella sino por lo que hacía. Y lo que hacía no se veía porque lo vivía en silencio. Y ahí toda su grandeza y toda su enseñanza a su hijo Jesús, y a todos los que también la tenemos por madre.

Y es que la maternidad Ella la vive como una llamada, un encargo de Dios, una colaboración con Él. La maternidad no es sólo dar a luz un hijo, sino que es mucho más, es una vida... toda una vida. Qué difícil es ser madre, si ya lo es ser mujer en una sociedad donde eres inferior por esa condición sexual. María fue madre y maestra, es escuela para los cristianos.

Y seguimos saboreando esa frase tan consistente. Porque a veces consigue más el silencio que el ruido de lo que hacemos a la vista de todos. Vivimos en un activismo casi salvaje, nos falta tiempo de tanto como hacemos y queremos hacer. Trabajamos para estar ocupados y para mantenernos económicamente... No disfrutamos muchas veces por el agobio de las prisas y por querer llegar a todo y a tanto. Vales cuanto haces y cuanto tienes.

María vive de otra manera, motivada por un amor tan grande a Dios que lo vive cada día en una vida de ORACIÓN callada y meditada. Todo lo vive desde la fe y lo explica desde la fe, para alimentarla aún más si cabe. Y porque el amor vale más cuando se convierte en una compañía en silencio, y cuando una parte de la alegría y del dolor también se lleva en silencio. Mujer discreta que no hace sombra a su hijo Jesús. Ella en un segundo plano, y hasta en un tercero en ocasiones. Pero en el nacer como en el morir, es la primera testigo desde el silencio: en la cuna y en la cruz.

Y en un silencio eterno acompaña a toda una humanidad, a nosotros, sus hijos, los de cada tiempo y cada siglo. La Madre que cada día acoge a los nuevos hijos de la Iglesia y de Dios nacidos por el Bautismo. La Madre que a la Iglesia y a los que la formamos nos pide que oremos y hagamos lo que Jesús nos indica en cada momento, como en Caná de Galilea. La Madre que vive el Evangelio. La que está al pie de la cruz de Jesús y de nuestras cruces. La que nos espera en el Reino de Dios, con los brazo abiertos de madre que ama en SILENCIO y ama la VIDA.

Feliz Año Nuevo y que Dios nos lo bendiga a todos con su PAZ.


Emilio José Fernández.