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sábado, 14 de enero de 2017

REFLEXIÓN DE LA PALABRA DE DIOS. Segundo Domingo del Tiempo Ordinario.




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INTRODUCCIÓN

En esta sección del blog parroquial SANJUANYPIEDAD.COM queremos meditar cada semana la Palabra de Dios que se lee y que se proclama en la celebración de la Eucaristía del Domingo, en cada ocasión diferente y con mucho que enseñarnos.

DOMINGO SEGUNDO DEL TIEMPO ORDINARIO

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro de Isaías 49, 3. 5-6
SALMO RESPONSORIAL
Sal 39, 2 y 4ab. 7-8a. Sb-9. 10
SEGUNDA LECTURA
Comienzo de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 1-3
EVANGELIO
Lectura del santo Evangelio según san Juan 1, 29-34

El domingo anterior, con la Fiesta del Bautismo del Señor, finalizaba el tiempo litúrgico de la Navidad. Al día siguiente, en su primera semana, se iniciaba el tiempo litúrgico conocido como TIEMPO ORDINARIO, simbolizado con el color verde.

En el domingo de hoy iniciamos la Segunda Semana del Tiempo Ordinario, un tiempo que se divide en dos partes: esta primera que termina en la primera víspera (tarde del martes) del Miércoles de Ceniza; y la segunda parte que abarca desde el lunes posterior al Domingo de Pentecostés hasta el Domingo de la Solemnidad de Cristo Rey (mes de noviembre).

Continuamos en este domingo de hoy con la presentación de Jesús una vez acabado el periodo de su vida "oculta", llamado así porque son los años de la vida de Jesucristo de los que no se nos dice absolutamente nada en los Evangelios. Prácticamente pasamos de su infancia a el periodo de su vida "pública", periodo este último que abarca los tres años de su ministerio en los que, antes de su muerte y resurrección, Cristo recorre las regiones de Israel, principalmente Galilea, cumpliendo su misión de anunciar el Reino de Dios.

Todos venimos a este mundo con una misión que hemos de descubrir a lo largo de nuestra vida, y los que hemos sido bautizados tenemos que descubrirla desde nuestra fe en un Dios que nos ha creado y que nos ha llamado a la gran misión común para todo cristiano: la de ser la luz de Jesucristo, el Señor, en un mundo de sombras y de ceguera.

Para realizar esta misión no tenemos que irnos a países de continentes que se consideran tierras misioneras, ni tenemos que hacer grandes cosas. Es tan fácil como vivir, en la sencillez de nuestras vidas y en el cada día, la palabra de Dios que nos lleva a una forma de vida nueva y distinta, con valores nuevos nacidos del Evangelio del que seremos también testimonio con nuestra vida ejemplar.

Pablo se presenta como un Apóstol, que es aquel que ha sido "Enviado" a anunciar con su vida aquello que a él se le ha anunciado. Este ministerio del apostolado no es exclusivo de unos "privilegiados" sino de todo bautizado que quiera vivir con autenticidad su bautismo y su condición cristiana.

El Evangelio de Juan nuevamente nos sitúa en el río Jordán donde Cristo se sumerge en el agua para recibir un bautismo para quienes buscan la conversión. Sin embargo, el bautismo que después Cristo ofrecerá a través de su Iglesia será un bautismo de salvación.

Juan el Bautista nos presenta a Jesús al comienzo de su vida pública como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y así será y ocurrirá en la cruz, cuando Cristo, bautizado en sangre, entregará su vida como el cordero que se sacrificaba para la expiación de los pecados. Pero ya el sacrificio del Cordero de Dios será un sacrificio de consecuencias universales, para el perdón y la salvación de todos los hombres y mujeres, pues el cordero ya no es un animal sino el mismo Hijo de Dios. El amor y la humildad de Dios se fusionan en la cruz al igual que lo hacen en el bautismo del Mesías, el ungido por el Espíritu Santo.

Al partir el Pan en la Eucaristía pronunciamos las mimas palabras que Juan el Bautista, porque el Pan que se parte es el mismo Cristo muerto en la cruz, dado ahora como alimento. La entrega de quien se destruye para que nosotros tengamos vida y nos fortalezcamos. Pasar del egoísmo al servicio y a la donación personal. Cristo ha cumplido su misión pues vino para salvarnos y enseñarnos la entrega y la humildad.

Cuántas veces vivimos acomodados en nuestro egoísmo y que poco disponibles estamos para los demás, y más aún en gratuidad. Vamos pagando con dinero todos los servicios que nos hacen, y cobramos los que hacemos nosotros a los demás. Qué poca caridad en este mundo cada vez más de invierno porque tenemos muchas cosas que nos agradan la vida (tecnologías, buena sanidad, transportes...) y, sin embargo, cada vez más tenemos un corazón helado y menos lleno de humanidad.

Cristo se presenta como el Cordero que se sacrifica por los demás y está presente en un Pan que se parte y se reparte, se dona hasta desaparecer. Así nos enseña con su ejemplo para que nosotros hagamos lo mismo. Ser cristiano no es sólo ser buena persona, también hay buenas personas sin ser cristianos, y hasta siendo ateos. Ser cristianos es amar tanto a Cristo que nos alegramos cuando más nos parecemos a Él. Llevar nuestras cruces y las de los demás. Cuidar a nuestro mayores, enseñar a nuestros alumnos como maestros, curar a los enfermos como personal sanitario, limpiar la calle como barrendero o llevar un hogar como ama de casa, se puede hacer de muchas maneras, pero el cristiano y la cristiana debemos de hacerlo por Cristo y como Él nos enseña, como amor y humildad. Ambas cosas las exigimos de los demás, pero, sin exigirlas, dalas tú con generosidad y gratuidad.


Emilio José Fernández.