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sábado, 21 de enero de 2017

REFLEXIÓN DE LA PALABRA DE DIOS. Tercer Domingo del Tiempo Ordinario.




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INTRODUCCIÓN

En esta sección del blog parroquial SANJUANYPIEDAD.COM queremos meditar cada semana la Palabra de Dios que se lee y que se proclama en la celebración de la Eucaristía del Domingo, en cada ocasión diferente y con mucho que enseñarnos.

DOMINGO TERCERO DEL TIEMPO ORDINARIO

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro de Isaías 8, 23b-9, 3
SALMO RESPONSORIAL
Sal 26, 1. 4. 13-14 
SEGUNDA LECTURA
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 10-13. 17
EVANGELIO
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 4, 12-23

Después de su bautismo Jesús comienza su vida pública abandonando su pueblo natal, Nazaret, en la región de Galilea, para realizar su misión de anunciar el Reino de Dios. 

Galilea es una región que se encuentra en el norte de Israel y se trata de una zona muy convulsa política y socialmente, al mismo tiempo que religiosamente es considerada tierra de paganos, porque por su situación geográfica es un buen enclave comercial donde conviven paganos (griegos y romanos) junto con los judíos.

El profeta Isaías la denomina tierra de gentiles en donde el pueblo vive espiritualmente en tinieblas por tener una práctica poco religiosa y por su contacto con paganos. De ahí que la profecía mesiánica anuncie un tiempo nuevo en el que llegará la luz para este pueblo, junto con la alegría y la liberación. Una vez más el Mesías es presentado como luz de las naciones frente a la oscuridad que conlleva vivir en el mal y en la opresión.

Pablo amonesta en su carta a la comunidad cristiana de Corinto porque le han llegado noticias de la desunión entre sus miembros y de la falta de fraternidad. La división ha venido provocada por los distintos líderes religiosos y por las distintas formas de entender la vida cristiana. Pablo escribe para poner orden en una comunidad fundada por él y que en la distancia no se ha desentendido de ella. Apela a la unidad subrayando que la fe cristiana no se sustenta en ningún hombre, ni siquiera en el más religioso, sino sólo en Cristo, el Señor. Solo Jesús tiene los méritos (de su muerte y de su resurrección) para que creamos en Él. Sólo a Él la gloria y nuestra alabanza.

Cuando las comunidades cristianas, ya sean parroquias, diócesis, o la misma Iglesia universal, se centran en una persona destacada tienen el peligro de aparta su origen y fundamento, que no es otro que el mismo Cristo. Y no podemos ser del líder que mejor nos cae o que más nos gusta, porque al fin y al cabo será un representante de Cristo pero no más que el Señor. Y porque todos los líderes humanos van de paso y sólo permanece Jesucristo. Las palabras de Pablo son muy certeras en nuestro tiempo porque el problema que él denuncia en su carta, hoy también se da y se dará por nuestra condición humana.

En el Evangelio, Mateo nos cuenta cómo Jesús una vez bautizado empieza su ministerio y se retira a Galilea tras la noticia de la muerte de Juan el Bautista por orden del rey Herodes. La situación no está para muchas tonterías, como diríamos nosotros, pues el peligro se respira y no conviene provocar a la autoridad política, centrada fundamentalmente en la ciudad de Jerusalén. Mateo no ve todo esto como una casualidad sino como un cumplimiento de la profecía mesiánica de Isaías.

En Galilea Jesús no se refugia y se esconde, sino que empieza su misión de anunciar el Evangelio, que es el anuncio de la Gran Noticia de la llegada del reino de los cielos.

Pero como una segunda parte en este pasaje y en la misma vida de Jesús, ocurre algo cuyas consecuencias llegan hasta nuestros días. En aquella época eran los discípulos los que elegían a sus maestros atraídos por sus enseñanzas y por su fama. Sin embargo Jesús va a ser el que escoja y elija a sus discípulos. La vocación no la eliges tú sino que te es dada por el mismo Dios como un don por haberse fijado en ti. Ya no somos nosotros los protagonistas de nuestra vida, sino que Dios se hace el protagonista de nuestra vida cuando se cruza en ella y le seguimos en fidelidad. He aquí la grandeza de la vocación cristiana.

Jesús ha dejado su familia, amigos... Y ha elegido a unos cuantos a los que ha ido invitando a que se unan a Él, para convivir juntos y para anunciar el Evangelio, siendo estos discípulos primero evangelizados para luego ser evangelizadores.

A unos pescadores del mar de Galilea Jesús los llama con una frase que bien podían entender ellos, pues Dios nos habla a cada uno con el lenguaje de nuestra propia vida: "Venid conmigo y os haré pescadores de hombres". Ese será su nuevo oficio, no es un oficio comercial para hacerse ricos pero sí para enriquecer sus corazones y sus almas. Sus vidas cambiarán, pues iniciar un nuevo camino supone abandonar en parte el anterior, abriéndose a lo desconocido. Y es que la vocación cristiana cuando se vive, es para hombres y mujeres de aventura.

Y el Pescador, con mayúscula, de hombres (incluídas las mujeres) sigue llamando hoy en las orillas de la playa de un mundo de aguas revueltas. Y no se fija en los mejores porque destaquen por sus cualidades, sino en aquellos que confían lo suficiente en Él como para dejar su pasado y su presente y adentrarse en un futuro apasionante que les cambiará las vidas y que les hará sentir la plenitud, a pesar de las dificultades y de los oleajes.

Qué difícil es ser hoy sacerdote, y siempre lo fue si se quiere ser fiel al Evangelio. Qué difícil es hoy ser catequista, y siempre lo fue si se quiere ser fiel al Evangelio. Qué difícil es ser hoy padre o madre de familia, y siempre lo fue si se quiere ser fiel al Evangelio. Qué difícil es ser hoy un profesional y al mismo tiempo cristiano (médico, maestro, mecánico...), y siempre lo fue si se quiere ser fiel al Evangelio. 

Por el bautismo todos fuimos llamados por Jesús a vivir el Evangelio y a anunciarlo. Dando testimonio con nuestra vida que despierte la fe en los que no la tienen. Todos los cristianos estamos llamados a esa vocación común que luego cada uno desempeña de una manera concreta. Todos somos necesarios y nadie es imprescindible, como diría Pablo, pues sólo hay un único Señor, Jesucristo. No te canses de seguirlo, y, cuando lo sigas, no te conformes con darle poco sino con darte entero/a, porque tu vocación es Él y no los que vamos de paso, con nuestras grandezas y con nuestras debilidades.


Emilio José Fernández.