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sábado, 29 de abril de 2017

REFLEXIÓN DE LA PALABRA DE DIOS. Tercer Domingo de Pascua.




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INTRODUCCIÓN

En esta sección del blog parroquial SANJUANYPIEDAD.COM queremos meditar cada semana la Palabra de Dios que se lee y que se proclama en la celebración de la Eucaristía del Domingo, en cada ocasión diferente y con mucho que enseñarnos.

DOMINGO TERCERO DE PASCUA

PRIMERA LECTURA
Lectura de Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33
SALMO 15, 1-2 y 5. 7-8. 9-10. 11 
SEGUNDA LECTURA
Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 17 - 21 
EVANGELIO
Lectura del santo Evangelio según san Lucas 24, 13-35

En la Noche Santa del Sábado Santo celebrábamos la Resurrección del Señor, que había pasado de la muerte a la vida, y que está presente acompañando a su Iglesia que continúa anunciando su mensaje y la buena noticia de su resurrección.

El domingo pasado, en Hechos de los apóstoles se nos presentaba el modelo ideal de cómo debe de ser la Iglesia a los ojos de Jesucristo: una fraternidad unida en la oración, en la celebración y en la caridad, desde la pobreza de una comunidad de bienes. También Pedro nos habla de la promesa de nuestra resurrección futura y de la paciencia que hemos de tener mientras cuando vivimos en un mundo en el que en ocasiones tenemos demasiados padecimientos. En el Evangelio, nos encontramos con una escena de las apariciones del Resucitado, en este caso es a su discípulos que se encontraban reunidos y encerrados por el miedo. La ausencia de Tomás servirá para subrayar que la fe no consiste tanto en ver sino en confiar en que Dios nunca nos engaña ni tampoco la Iglesia, que es la mensajera que en más de dos mil años ha anunciado, y lo sigue haciendo, el misterio de la resurrección de su Señor.

En este tercer Domingo de Pascua, Hechos de los Apóstoles continúa narrando los primeros pasos de la Iglesia primitiva nacida con la Resurrección del Señor. Pedro, cabeza de esa primera comunidad eclesial, aparece dando un discurso en su evangelización de los judíos a los que no sólo les anuncia la buena noticia de que el Crucificado vive sino que hace toda una justificación, argumentando cómo ya todo estaba anunciado con anterioridad en la Sagrada Escritura. 

Pedro nos indica en su carta que los cristianos tenemos que ser ejemplares no sólo en la fe sino en el amor a Dios, el cual se nos ha manifestado a través de Cristo, como Padre suyo y Padre nuestro: el Padre de la vida que resucita a sus hijos para que no se queden en la muerte. Desde ahí Pedro llena de sentido la muerte sacrificial de Cristo, pues por esa muerte, aparentemente inútil, nos ha llegado la salvación.

En el Evangelio, Lucas una vez más sitúa la escena en el camino, simbolizando el camino de la vida humana y de la vida de la fe. Se produce un encuentro de dos peregrinos con un extraño, y juntos deciden hacer el resto del camino. En un diálogo que se establece entre ellos, el tema fundamental es la reciente noticia de que un crucificado ha resucitado, pero es evidente la decepción de estos dos peregrinos porque no se ha cumplido la salvación anunciada por el Nazareno.

La intervención de Cristo en este diálogo es la explicación de cómo todo lo sucedido estaba anunciado desde antiguo por los profetas y en las Escrituras. Cayendo la noche, Cristo es acogido como huésped para compartir con Él la cena, en la que el pan partido, en referencia al sacramento de la Eucaristía, es el gesto que les hace identificar y reconocer al Resucitado.

La Iglesia que sigue caminando a lo largo de tantos siglos y lugares, como peregrina que anuncia la resurrección del Señor a través de sus hijos e hijas, se siente acompañada por su Señor en todos los lugares y en todos los tiempos a través de la Sagrada Escritura con la que Dios nos instruye; y a través de los sacramentos, especialmente el de la Eucaristía, con los que nos alimenta y cuida; fortaleciéndonos en la fe y en la caridad de compartir fraternalmente el mismo destino y los bienes.

Nuestro encuentro personal con el Resucitado ha de producirse del mismo modo, pues no podemos quedarnos solamente con el título de cristianos sino que hemos de vivir como tales en un seguimiento diario y en la presencia diaria de Jesucristo en nuestras vidas. Quien no se alimenta con su Palabra y con los Sacramentos, tendrá una fe de oídas pero no arderá en su corazón el amor que suscita el encuentro y la unión con Aquél que vive y habita en lo más profundo de nuestro ser.

Quienes llamándose cristianos reducen su vida de fe a cuatro costumbres piadosas, a su participación acompañando a quien recibe uno de los sacramentos como un acto social, etc., se pierden la oportunidad de sentir que Cristo es el Amigo que nos acompaña diariamente en el camino de nuestras vidas: en su Palabra, en la Eucaristía y en la Fraternidad.

Por último, no olvidemos otra enseñanza de este pasaje: quien en la caridad acoge a otra persona o le ayuda, está acogiendo y ayudando al mismo Jesucristo.


Emilio José Fernández