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viernes, 30 de junio de 2017

REFLEXIÓN DE LA PALABRA DE DIOS: Decimotercer Domingo del Tiempo Ordinario.




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INTRODUCCIÓN

En esta sección del blog parroquial SANJUANYPIEDAD.COM queremos meditar cada semana la Palabra de Dios que se lee y que se proclama en la celebración de la Eucaristía del Domingo, en cada ocasión diferente y con mucho que enseñarnos.

DOMINGO DÉCIMOTERCERO DEL TIEMPO ORDINARIO

PRIMERA LECTURA
Lectura del segundo libro de los Reyes 4, 8-11. 14-16a
SALMO 88, 2-3. 16-17. 18-19 
SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta a los Romanos 6,3-4.8-11
EVANGELIO
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 10,37-42

El Reino De Dios es gratuidad porque todos somos destinatarios de él; es una exigencia de vida porque supone la renuncia y la acogida, un cambio de vida constante; y la recompensa final es alcanzarlo para pertenecer a él de por vida en esta tierra y, tras la resurrección, vivir "en" y "con" él por la eternidad.

Teniendo lo anterior en cuenta, en la primera lectura se nos narra el encuentro entre el profeta Eliseo y un matrimonio que le acoge en sus viajes de paso por una localidad en la que estos ancianos le ofrecen una habitación en su domicilio, como gesto de hospitalidad y de caridad. El bien que se hace a “un hombre de Dios”, es decir, a un hijo o a una hija de Dios, no es indiferente a los ojos del Altísimo. Eliseo, al mismo tiempo, desea para ellos lo mejor en pago por el bien que le han hecho. Por eso Dios los premiará con la descendencia que no pudieron tener en su juventud, que es la mejor riqueza para un matrimonio que se ama.

Hacer el bien siempre da buenos resultados; y quien bien siembra, bien recoge. Vivimos en un mundo de egoísmos donde solo esperamos recibir todo o mucho a cambio de dar, cuanto menos mejor. La generosidad y la hospitalidad son virtudes del creyente, pues Dios es el mejor ejemplo de quien derrocha en generosidad como en hospitalidad. La generosidad como la hospitalidad nos hacen menos egoístas, mejores hermanos y nos llenan de humanidad.

En la segunda lectura, Pablo une el sacramento del bautismo con el misterio de la resurrección, pues efecto del bautismo es la resurrección con Cristo de todo bautiazado. El bautismo sepulta nuestra realidad de hombres y mujeres solamente pecadores por hombres y mujeres nuevos que nacen del Espíritu para ser santos. La resurrección  de Cristo ha vencido al mal y ha vencido a la muerte. Los bautizados podemos vencer al mal con una vida santa y podemos vencer a la muerte resucitados por Cristo para vivir junto a Él en la eternidad. Y ambas cuestiones hemos de creerlas como cristianos, afirmando que a Cristo vive y que nosotros, por su misericordia, también viviremos con Él.

En el pasaje del Evangelio, Cristo es tan directo como rotundo, no exige la mitad sino el todo, y hasta quiere ser colocado en lo central y máximo del corazón y de la vida de cada cristiano. El amor mueve la vida de todo ser humano, y por amor podemos hacer locuras. El amor no obstaculiza para hacer bien y en cambio frena para hacer el mal. Lo que amamos se convierte en lo principal y en lo fundamental de nuestra vida. Vivimos para ello y somos hasta capaces de morir, de dar la vida, por lo que amamos. Así  es el amor de Cristo y así quiere Él ser amado. Él quiere que nosotros lo amemos, pero no se conforma con ser amado sino que quiere ser lo más amado. Amarlo a Él es también amar la cruz que cada uno tenemos en nuestra vida. El que ama sabe de servicio, de entrega, de humildad, de generosidad, de dar más que de recibir. El que ama está dispuesto a sufrir lo que haga falta por el otro. Quien no ama tampoco está dispuesto a sufrir. Pero, aunque parezca inverosímil y antagónico, el que ama, aunque sufra, es feliz.

Para Cristo el llegar a ser generosos en su nombre nos hace más dignos de Él. El que guarda sus dones, cualidades, riquezas… y no las comparte, al final tendrá la sensación de vacío, de empobrecimiento y de fracaso. En cambio, el que da siempre tiene la sensación de recibir, de enriquecerse del otro y de satisfacción. Cuando hacemos el bien sentimos que también recibimos el bien. Y para agradecido Dios, no tanto por lo que le demos o por lo que le hagamos sino mayor aún por lo que demos y hagamos a uno de sus hijos e hijas necesitados, que es también la manera de amarlo a Él. Nada de lo que hagas por el otro pasará inadvertido para Dios. Todo lo que hagas al otro se lo haces a Dios. Y Dios lo mismo que es generoso en dar es agradecido cuando recibe. Pero tú cuando des y hagas, hazlo por amor, que con amor serás pagado: y nada más valuado y cotizado que el amor de Dios.


Emilio José Fernández




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