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viernes, 11 de agosto de 2017

REFLEXIÓN DE LA PALABRA DE DIOS: Decimonoveno Domingo del Tiempo Ordinario.



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INTRODUCCIÓN

En esta sección del blog parroquial SANJUANYPIEDAD.COM queremos meditar cada semana la Palabra de Dios que se lee y que se proclama en la celebración de la Eucaristía del Domingo, en cada ocasión diferente y con mucho que enseñarnos.

DOMINGO DECIMONOVENO 
DEL TIEMPO ORDINARIO

PRIMERA LECTURA
Lectura del primer libro de los Reyes 19, 9a. 11-13a
SALMO RESPONSORIAL 84, 9ab-10. 11-12. 13-14
SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 9, 1-5
EVANGELIO
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 14, 22-33

El profeta Elías sube a la montaña para orar, y se refugia en una cueva donde se siente protegido de los fenómenos naturales. 

El Señor le indica que salga fuera de la cueva al sentir su presencia a través de fenómenos naturales de todo tipo. Ni en el huracán, ni en el terremoto ni en el fuego el profeta sintió la presencia divina. Sin embargo, en el susurro de una brisa suave Elías siente la presencia del Señor y se cubre el rostro permaneciendo en pie.

Muchas veces buscamos a Dios en lugares y situaciones portentosas que parecen mostrarnos su grandeza y su fuerza. Creemos cuando parece que Dios nos muestra su poder de una manera visible, capaz de destruir y superior a todas las fuerzas existentes.

Pero Dios se muestra de manera invisible, suave, como una caricia que solo se aprecia al tacto y cuyo sonido es casi silencioso. Por eso pocos lo descubren y lo adoran respetuosamente.

A veces no descubrimos a Dios en nuestra vida porque tal vez tengamos un concepto equivocado de Él o porque no sabemos descubrirlo escondido en el misterio de lo pequeño y delicado que nos rodea. No siempre se encuentra a Dios en las grandezas espectaculares porque tal vez nos espera escondido en la sencillez, en la fragilidad y en la discreción.

En el pasaje del Evangelio de este día la escena se desarrolla en el mar y en la noche. Tras una intensa jornada Cristo y los suyos se retiran a la otra orilla. Sus discípulos lo hacen en una barca atravesando el mar mientras Jesús se despide de la multitud y sube a la montaña a orar. La barca se introduce en unas aguas revueltas y con un viento en contra, por lo que la navegación se hace dificultosa.

Cuando la Iglesia, simbolizada en la barca y en la comunidad de los discípulos, navega por las aguas de este mundo sin la presencia del Señor, se siente desamparada y amenazada por unas ideologías y unos valores que nos llevan en la dirección contraria a la que nos ofrece el Evangelio.

En medio de la oscuridad, que simboliza la falta de fe o los momentos de desconcierto interior, se presenta el Señor sobre las mismas aguas y sin hundirse, saliendo a nuestro encuentro. El miedo y la dudas no dejan que los discípulos de entonces ni los hombres de hoy, incluso ni los mismo cristianos, descubran que es el Señor el que nos visita y acompaña. A veces los hombres podemos sentir miedo aun creyendo que estamos en la presencia de Dios, pero la fe nunca nos puede dar miedo, y menos aún Dios. Presentar a Dios y la fe desde el miedo no es sano.

Pedro confía en la palabra de Dios, y, cuando movido por la fe la obedece, ni las aguas lo hunden ni la noche le atormenta. La falta de fe de Pedro hace que éste se hunda y su vida peligre. Fiarse del Señor cuando menos motivos tenemos para hacerlo, termina salvándonos y nos resucita cuando nos estamos ahogando. El Señor nunca nos deja solos y nunca nos va a pedir algo que suponga un mal para nosotros o suponga nuestra perdición. 

Dios siempre sale a nuestro encuentro y siempre sale en nuestra ayuda cuando nos dejamos ayudar por Él. Hay veces que no entendemos los acontecimientos que nos tocan vivir o que nos sentimos débiles ante las aguas turbulentas (enfermedades, problemas, conflictos, dificultades...) que tenemos que atravesar en las noches oscuras de nuestra vida. Lo que está claro es que con Cristo la vida y sus dificultades se afrontan de otra manera. 

A veces quisiéramos que Dios mostrara su poder para hacer desaparecer lo que no nos gusta o agrada, y así poder creer firmemente. Sin embargo es al revés, cuando creemos firmemente en Él es cuando llegamos a contemplar sus maravillas. ¿Quién eres tú para decirle al Señor lo que tiene que hacer o cómo ha de hacerlo? El Señor sabe bien en cada momento lo que necesitas y lo que tiene que hacer contigo. Sólo hace falta que tú confíes en Él fielmente, y esa fe te hará permanecer en pie. 

Emilio José Fernández