REFLEXIÓN DE LA PALABRA DE DIOS. Trigésimoprimer Domingo del Tiempo Ordinario.

El cristiano es el que tiene por único señor a Jesucristo y es el que ama, haciendo de su vida un servicio a todos sin pretender reconocimientos ni aplausos de nadie.


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El profeta Malaquías hace una denuncia y fuerte crítica a los sacerdotes de Israel por su comportamiento poco apropiado para quienes tienen que dar ejemplo a los demás creyentes.

Esta tensión con este grupo social y religioso judío también la experimenta Jesucristo, que, como hemos visto en los anteriores domingos, choca fuertemente con los saduceos, herodianos y fariseos que le plantean unas preguntas maliciosas con la finalidad de crearle una situación delicada y comprometida.

El Evangelio de Mateo, que se escribe a finales de la segunda parte del siglo primero, refleja con este texto las tensiones que los cristianos de la primitiva comunidad mateana tienen con los dirigentes judíos y con el contexto de las sinagogas. El reflejo de esta tensión en el pasaje evangélico de hoy no tiene sólo un interés histórico de contarnos algo que sucedió sino que este discurso de Jesús es un toque de atención también para las primeras comunidades cristianas, y, por ende, para las de todos los tiempos.

No podemos interpretar de falsos y superficiales a los fariseos porque nos engañaríamos. Son un grupo religioso de creyentes muy extrictos y grandes cumplidores de la Ley. El Evangelio lo que pone de manifiesto son las dos maneras que hay de entender la vida, la religión, la relación con Dios y la comunidad.

La primera parte del pasaje de hoy se centra en la denuncia que hace Jesús a los escribas y fariseos. Pone al descubierto los cuatro vicios de estos grupos religioso judíos para que los miembros de las comunidades cristianas se sientan también examinados.

Jesús rechaza la incoherencia: porque no hacen lo que dicen, puesto que Mateo insiste mucho en la idea de que lo que cuenta no son las palabras sino los hechos. Jesús rechaza la doble moral: porque no cumplen lo que le exigen a los demás que cumplan. Jesús rechaza la hipocresía: porque visten llamando la atención exteriormente para ser vistos y admirados mientras que por dentro están llenos de pecado porque no les importan los demás. Jesús rechaza la ambición y la soberbia: porque persiguen el destacar y sentirse superiores a los demás.

En la segunda parte del pasaje, Jesús describe el perfil del verdadero discípulo, el rostro de toda comunidad cristiana, el de la Iglesia. Se trata de una Iglesia en fraternidad, de hermanos que se sienten iguales y que se aman, porque la jerarquía en la Iglesia hay que entenderla no desde el poder y los primeros puestos sino desde el servicio y la entrega a los hermanos. Se trata de una Iglesia centrada en Cristo, el único Maestro y el único Señor. Se trata de una Iglesia servicial, y la autoridad la da la capacidad de servicio y de entrega. La grandeza de un cristiano está en su vida de servicio a los demás.

Mateo no denuncia ninguna doctrina sino la falta de coherencia personal y de la comunidad cristiana. Él no defiende ideas sino que se predique con los hechos. No se trata de que el cristiano sea perfecto en sus actos sino que tenga unos actos aceptables a su fe y al seguimiento de Cristo.

Jesús repite por tres veces, subrayando así la importancia, "uno solos es vuestro..." para poner de manifiesto lo nuclear y central de la comunidad cristiana o de la Iglesia: que el único Señor es Cristo, que todos los miembros de la comunidad somos hijos de Dios y por consiguiente hermanos entre nosotros. Esa es la comunidad que Jesús quiere y sueña.

El problema que tiene todo cristiano es el de hacer de Cristo el centro de su vida y el de encontrar su tio en la comunidad. Muchos se conforman sólo con estar bautizados y asistir a actos religiosos de compromiso familiar (entierros, bautizos...). Los hay que tan solo van los domingos para ocupar un banco y sin disfrutar de la Eucaristía. Los hay quienes colaboran en las parroquias, cofradías, institutos... con el ánimo de sentirse importantes y útiles. Pero lo que Jesús quiere es que seamos cristianos que amemos a la Iglesia y que entre todos la hagamos como nuestra que es, aportando lo mejor de nosotros, dando buen ejemplo de vida cristiana y ayudando en lo que se pueda. Porque la grandeza de un cristiano está en su servicio a la comunidad y a  los demás, aunque este servicio consista tan solo en barrer la puerta de la calle.

Emilio José Fernández

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