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sábado, 4 de marzo de 2017

REFLEXIÓN DE LA PALABRA DE DIOS. Primer domingo de Cuaresma.




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INTRODUCCIÓN

En esta sección del blog parroquial SANJUANYPIEDAD.COM queremos meditar cada semana la Palabra de Dios que se lee y que se proclama en la celebración de la Eucaristía del Domingo, en cada ocasión diferente y con mucho que enseñarnos.

DOMINGO PRIMERO DE CUARESMA

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro del Génesis 2, 7-9; 3, 1-7
SALMO RESPONSORIAL
Sal 50, 3-4. 5-6a 12-13. 14 y 17
SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 12-19
EVANGELIO
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 4, 1-11

El miércoles pasado se iniciaba el tiempo litúrgico de Cuaresma con la imposición de la ceniza con la que significamos este tiempo de conversión.

En la Primera Lectura, nos encontramos con la escena en la que Dios, presentado como el Creador, extrae de la tierra al hombre y le da vida con su propio aliento. Somos parte de este mundo creado por Dios, un mundo finito, caduco e imperfecto. Pero hemos sido escogidos y beneficiados como seres distintos al resto de los demás vivientes. Dios no sólo nos ha hecho sino que, dándonos su aliento, nos ha dado de sí mismo una vida distinta y nueva, semejante a la suya, en espíritu.

Dios pone a disposición de la humanidad todo lo creado, para que los hombres y mujeres se puedan servir de todo ello y puedan vivir siendo felices. Pero Dios indica a la humanidad ya desde el comienzo, con la referencia al árbol prohibido, lo bueno y lo malo, lo que aprueba y lo que rechaza. La desobediencia humana dando la espalda a Dios es lo que irrita a Dios, que siendo tan generoso con la humanidad se ha sentido defraudado. De la amistad se pasa a una enemistad y a una salida -del hombre y de la mujer- del corazón y de las entrañas de un Dios que ha amado a cada hombre y a cada mujer creados.

El primer pecado, la desobediencia, viene por la seducción de querer conocer y tener más de lo que se nos ha dado con la intención de ser autónomos ante Dios. Pecados que laten en cada uno de nosotros.

Pablo, en su carta a los Romanos, toma esta escena del Génesis, y no como un hecho histórico de la humanidad sino como parte de la historia de la salvación que ha tenido su punto central en Jesucristo, que, participando de nuestra naturaleza humana pero no contaminado de nuestros pecados, ha venido a rescatar a toda la humanidad de algo que llevamos impregnado.

Cristo, el Obediente, el Siervo de Yhavé, con su obediencia infinita hasta poner su vida en la voluntad del Padre y por el rescate de cada uno de nosotros, ha hecho que el árbol de la cruz se convierta en la salvación de la que fuimos apartados por otro árbol. La cruz se ha convertido en árbol donde muere el que es la Vida para darnos vida eterna, porque el amor todo lo puede y nada lo frena cuando es verdadero.

En el pasaje evangélico de hoy, nos encontramos con la escena con la que arrancan los tres evangelios Sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) la vida pública de Jesús tras su bautismo en el río Jordán. Colocada al principio esta escena para que podamos entender los siguientes tres años de la vida de Jesús que será coherente por su decisión en el Desierto, lugar espiritual con el que se simbolizan las etapas de conversión, como los cuarenta años que el pueblo de Israel tardó en atravesarlo para llegar a la tierra prometida.

Empujado por el Espíritu Santo que lo inunda en su bautismo, Jesús se retira al desierto, lugar hostil y lleno de peligros, en una soledad donde todos los deseos humanos se acentúan a modo de tentaciones. Mateo nos lo presenta como una lucha no por sobrevivir sino más bien por ser fiel a Dios Padre, por ser obediente.

Y nuevamente el Tentador aparece en escena, porque cuando más débiles estamos más fácil lo tiene él. En nuestra libertad como hijos e hijas de Dios podemos elegir siempre, pero el mal estará como lo que nos seduce y así olvidarnos de Dios y de donde venimos, mejor dicho, de lo que somos: hijos amados de nuestro Padre Dios.

Jesús es tentado, como todo ser humano, en tres deseos que están en lo más profundo de nosotros y de nuestra condición humana: los placeres instintivos, la vanidad  y la soberbia que nos lleva hasta el ateísmo, todo ello en la no aceptación de lo que tenemos y somos, en la no aceptación de la voluntad de Dios.

Hay deseos y conductas que nunca terminan de satisfacernos, que nos crean una dependencia y se convierten en un vicio que nos esclaviza y con el que escondemos e intentamos llenar nuestros vacíos y soledades. A más vacío y soledad esta tentación, simbolizada en el hambre de pan, hace que se haga más seductora. La palabra de Dios es el alimento que nos ha de satisfacer, y el Verbo es Cristo. Seguirle y amarle a Él completa lo que nos falta y que a veces buscamos en donde no debemos.

El poner a prueba a Dios, con frases semejantes a "si me amas concédeme esto u aquello", es la falta de fe y de confianza. La felicidad creemos que consiste en no tener problemas y que todo se supera alegremente, y a veces tenemos a Dios como el Mago que cambia las cosas a nuestro capricho. Cuando no es así nos llenamos de rabia e impotencia, y nos sentimos defraudados por Dios. La fe auténtica nos hace abandonarnos en las manos de Dios pero no porque dudemos de su amor sino porque estamos convencido de que ese amor nunca falla.

Cuanto más tenemos más queremos, y ponemos nuestra seguridad en lo que tenemos y no en lo que somos, hasta ser tan egoístas que no nos importan los demás ni sus necesidades. El apego a lo material, y al poder que creemos que nos aporta, hace que queramos prescindir de Dios en nuestra vida. La vanidad en nuestra vida expulsa a Dios de ella. En cambio, la generosidad y la caridad nos hacen a su medida, como Él es.

Dejamos de amar y adorar a Dios cuando llevados por estos tres grandes deseos humanos terminamos perdiendo nuestra dignidad de hijos e hijas de Dios. Y esto es como un veneno que uno bebe y cuyo efecto aparece lentamente y sin darte cuenta. Morimos espiritualmente aunque tengamos vida corporal. Y Cristo, venciendo a este veneno, se ha convertido en nuestro antídoto. Y lo volverá a vencer en el veneno del sufrimiento y de la muerte que transforma en alegría y vida. 

Gracias, Señor, pues venciendo en el Desierto venciste en el Calvario, y no lo hiciste por ti sino por mí. Nadie ha hecho tanto por mí, porque sólo Tú eres el Hijo de Dios, digno de alabanza y adoración.


Emilio José Fernández.