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viernes, 21 de julio de 2017

REFLEXIÓN DE LA PALABRA DE DIOS: Decimosexto Domingo del Tiempo Ordinario.



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INTRODUCCIÓN

En esta sección del blog parroquial SANJUANYPIEDAD.COM queremos meditar cada semana la Palabra de Dios que se lee y que se proclama en la celebración de la Eucaristía del Domingo, en cada ocasión diferente y con mucho que enseñarnos.

DOMINGO DECIMOSEXTO 
DEL TIEMPO ORDINARIO

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro de la Sabiduría 12, 13. 16-19
SALMO 85, 5-6. 9-10. 15-16a 
SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 26-27
EVANGELIO
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 13, 24-30

El libro de la Sabiduría recoge pensamientos y máximas que son fruto de la experiencia de creyentes que han tenido una vivencia espiritual que les convierte en maestros autorizados para quienes buscan a Dios y desean madurar espiritualmente. Conocer a Dios no es tarea fácil y es como bucear en un océano inmenso que no se termina de conquistar por mucho que uno crea avanzar. El hombre o mujer orante y de espíritu de todos los tiempos tiene como principal afán vivir desde Dios a través  de un encuentro, la oración  de cada día, que le acerca cada vez más  a Dios y que le permite penetrarse, por la gracia del Espíritu Santo, en el corazón de Dios: para más conocerlo y para más amarlo.

Este pasaje de hoy nos quiere enseñar la grandeza y la pequeñez de Dios, lo que lo hace distinto a otros dioses y lo que lo hace incomprensible para muchos hombres y mujeres. Dios es definido como poderoso y como justo, pero una justicia con amor es una justicia en misericordia. Por eso a veces no entendemos la justicia divina. ¿Cómo Dios puede tratar de igual modo al hombre “malo” y al hombre “bueno”? ¿Por qué  a los malos les suceden cosas buenas y porque a los buenos les ocurren desdichas? Son preguntas que están en el ambiente, que nos podemos hacer y que hemos escuchado en alguna ocasión. A veces Dios se nos hace raro en sus comportamientos y formas de hacer las cosas. Pero no es que Dios sea raro, sino que tiene otra forma de entender la justicia.

Dios es justo porque ama, y aquellos que son buenos como los que son malos son hijos suyos. Y un Padre no quiere que a su hijo o hija le suceda algo malo. El amor de Dios se convierte en misericordia para el pecador, porque Él quiere que todos nos salvemos. Dios tiene paciencia infinita con nosotros y espera nuestra conversión, pero aunque tiene poder para hacer y deshacer, el respeta tu libertad aún cuando le das la espalda.

Si Dios nos trata así, con misericordia ejemplar, ¿quiénes somos nosotros y qué autoridad tenemos para juzgar a los demás? El poder De Dios consiste en transformar los corazones de quienes se ponen en su manos, porque el poder y la justicia de Dios no consisten en destruir los corazones ni aniquilar a las personas que a nosotros nos estorban. A veces somos nosotros los que nos empeñamos en querer transformar y cambiar el corazón bueno de Dios y en formarnos una imagen de Dios más a nuestra medida, a nuestro gusto.

Por eso Pablo en su carta nos invita a dejarnos llevar por el Espíritu Santo y a orar iluminados por Él,  que sabe pedir bien lo que nos conviene, porque, si no es así, nuestra oración puede verse impregnada de nuestros egoísmos, envidias… y convertirse en un instrumento con el que nosotros querer manipular a Dios para que Él actúe a nuestro capricho.

Si nos cuesta entender el proceder de Dios, cuánto más nos costará entender el Reino de Dios. Y en el anuncio de éste, Jesucristo emplea la parábola como forma de hacer comprensible a la gente sencilla realidades que forman parte del ámbito transcendental y que no son visibles a los ojos humanos. 

Dios es el sembrador que cada mañana siembra, porque el Reino de Dios es una constante acción de Dios. No se cansa de sembrar y tiene paciencia con la cosecha. Existe el bien como fruto de Dios. Pero también nos damos cuenta de que a nuestro alrededor existe lo contrario al bien, aunque a veces lo sentimos camuflado, hasta tal punto que incluso podemos confundir ambas (bien y mal), como ocurre con el trigo y la cizaña. Cuando nosotros sembramos el bien con nuestro obrar y con nuestra presencia en el mundo, o nos sentimos rodeados de bien, ocurre que a su vez presenciamos el mal y sus consecuencias porque hay personas que lo siembran con sus actuaciones y con sus presencias. ¿Eliminamos entonces la cizaña? ¿Eliminamos o nos deshacemos de quienes no nos caen bien, nos molestan y hasta nos estorban? ¿Rechazamos o expulsamos a quienes consideramos que son un obstáculo para nosotros o para que el Reino de Dios triunfe?

La respuesta de Jesús es contundente. Él parte de que siempre va a existir esa tensión entre el bien y el mal, tanto en el interior de cada uno como en nuestro entorno o como en el mundo en general. Por destruir el mal podemos dañar el bien. ¿Y cuál es la solución de Jesús, la conformidad? No, la solución  es la de no dejar de sembrar el bien para que este sea cada vez mayor y más abundante que el mal. Por eso los cristianos no debemos de fatigarnos ni desilusionarnos cuando no recogemos los frutos esperados. No debemos dejar de sembrar, de hacer el bien, de construir la paz. No debemos dejarnos influenciar por la presencia de la cizaña, sino tener la esperanza certera de que al final el bien siempre vence al mal por muy difícil que lo parezca en ocasiones. Fiémonos De Dios que Él sabe hacer bien las cosas, y, al fin y al cabo, el campo es suyo.

Emilio José Fernández