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viernes, 4 de agosto de 2017

REFLEXIÓN DE LA PALABRA DE DIOS: Decimoctavo Domingo del Tiempo Ordinario.



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INTRODUCCIÓN

En esta sección del blog parroquial SANJUANYPIEDAD.COM queremos meditar cada semana la Palabra de Dios que se lee y que se proclama en la celebración de la Eucaristía del Domingo, en cada ocasión diferente y con mucho que enseñarnos.

DOMINGO DECIMOCTAVO 
DEL TIEMPO ORDINARIO

PRIMERA LECTURA
Lectura de la profecía de Daniel 7, 9-10. 13-14
SALMO RESPONSORIAL 96, 1-2. 5-6. 9 
SEGUNDA LECTURA
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pedro 2 Pe 1, 16-19
EVANGELIO
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 17, 1-9

Este domingo coincide con el 6 de agosto, Fiesta de la Transfiguración del Señor, por lo que las lecturas son las propias de esta fiesta litúrgica.

El profeta Daniel tiene una visión siglos antes del nacimiento de Jesucristo. A través de este sueño se le revela al profeta la grandiosidad de Dios como Padre de todo lo creado. Pero al mismo tiempo se nos anuncia la existencia del Hijo y del poder que Éste comparte con el Padre.

Y es que en la Fiesta de hoy profesamos la divinidad de Jesucristo, que, aunque es un hombre de carne y hueso como nosotros, no es uno más, ni siquiera un ser humano destacado, sino que es ante todo el Hijo de Dios, lo que lo hace ser el hombre diferente, excepcional y único de toda la historia de la humanidad. 

En su tiempo, tanto por sus palabras como por sus actuaciones, muchos vieron en Cristo a un gran profeta, incluso comparado con el más grande de ellos, Moisés. Pero es la Iglesia la que profesará y lo anunciará al mundo como el Señor, título exclusivamente de Dios. 

Profesar que Jesús es el Señor, que es el Hijo de Dios, es hacer también una profesión de fe en la Santísima Trinidad, misterio único en el cristianismo a diferencia de las demás religiones. No hablamos de tres dioses (politeísmo) sino de un solo Dios (monoteísmo). Y ese es nuestro credo.

Hoy, una vez más, el centro de los textos sagrados que contemplamos es Cristo, nuestro Señor. En apariencia un hombre más, pero desde la fe podemos contemplar su divinidad revelada en las Sagradas Escrituras y en el testimonio de los primeros cristianos y seguidores suyos. Y a nosotros también se nos han transmitido esos testimonios y el anuncio de esta verdad. Unos la hemos acogido desde la fe; dando por supuesto que son muchos los que no la acogen por falta de fe. Ya pasó entonces y pasa ahora: "muchos vieron pero no todos creyeron".

El pasaje evangélico de la Transfiguración no es fácil de entender como lo son otros, pero es el testimonio de aquellos que recibieron la gracia y el don de contemplar a Jesús en toda su grandeza. Subir a la montaña es salir del mundo para estar más cerca de Dios, al que siempre se le ha situado en las alturas. En el silencio y la intimidad de la oración, de la montaña, podemos contemplar mejor a Dios y sus misterios, que le son revelados a quienes Él ha querido y elegido.

Contemplar al Señor supone un privilegio y un gozo para el alma. Sólo el que ha tenido esta experiencia, reservada a unos pocos y no a todo el mundo, puede entenderlo. Y quien lo ha contemplado siente que su vida cambia, que ya no la entiende sin Cristo, y que su misión en este mundo es dar testimonio de lo contemplado desde su vida y desde sus buenas obras. La oración cristiana no es un refugio o la búsqueda de la paz interior, sino la búsqueda del Dios escondido y el encuentro amoroso con Él para, bajando de la montaña, comprometerse en este mundo de luchas y tensiones con el ánimo de  hacer presente en él el Reino de Dios. Por pereza y por no sentir la necesidad suficiente, no siempre subimos a la montaña y preferimos bajar que parece menos agotador.

Todos los cristianos tenemos que tener también en nuestra vida momentos para la oración, y cuidar nuestra dimensión contemplativa, tener espacios y tiempos de encuentro personal e íntimo en los que sentir la presencia de Cristo, para llenarnos de Él y adorarlo. La contemplación no ex exclusiva de los monjes y monjas que sienten esa vocación específica y tan necesaria en la Iglesia. La contemplación es la necesidad de cada cristiano de querer conocer y estar cerca de Dios, cuando nuestro corazón se siente visitado por el Señor. 


Emilio José Fernández