REFLEXIÓN DE LA PALABRA DE DIOS: Vigésimo primer Domingo del Tiempo Ordinario.



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INTRODUCCIÓN

En esta sección del blog parroquial SANJUANYPIEDAD.COM queremos meditar cada semana la Palabra de Dios que se lee y que se proclama en la celebración de la Eucaristía del Domingo, en cada ocasión diferente y con mucho que enseñarnos.

DOMINGO VIGÉSIMO PRIMER
DEL TIEMPO ORDINARIO

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro de Isaías 22, 19-23
SALMO RESPONSORIAL 137, 1-2a. 2bc-3. 6 y Sbc 
SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11, 33-36
EVANGELIO
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 16, 13-20

Según la primera lectura, Dios tiene la autoridad suprema y es quien nos gobierna a todos los que nos consideramos súbditos suyos en cuanto que realizamos tareas con las que estamos a su servicio. Dios da y releva en los puestos de funcionamiento a los servidores del Reino de los Cielos aquí en la tierra.

Dios requiere de colaboradores y de mediadores que en su nombre actúan y hacen presente su Reino en medio de nuestro mundo. Somos mediadores los unos de los otros, y Dios se vale de estas mediaciones para acompañarnos, ayudarnos e iluminarnos. Los mediadores trabajan y actúan en nombre del mismo Dios, porque la evangelización es tarea de todos. Y la existencia de los mediadores (personas) y las mediaciones (circunstancias y experiencias) son la prueba, como nos dice la antífona del salmo de hoy, de que Dios, por su misericordia, no nos abandona.

Jesús, en el pasaje del Evangelio, en un encuentro o reunión privada con sus discípulos más inmediatos, tiene un diálogo con el que parece que desea contrastar las informaciones que se están generando sobre Él debido a la fama que ha ido teniendo por sus palabras y actuaciones.

A modo de encuesta, Jesús quiere saber lo que opinan de Él, la imagen que el pueblo tiene de su persona y de su obrar, la acogida o el rechazo que suscita su presencia entre la gente. El sentir general es que Jesús es uno más de los profetas, es decir, un mediador y hombre de Dios. 

Pero Jesús afina más cuando quiere saber lo que opinan sus colaboradores más próximos, sus discípulos. El primero en contestar es Pedro, y lo hace sin titubeos. Con una afirmación rotunda, la de toda la Iglesia que a partir de ese momento se verá representada en él. Ya no es una opinión creada por lo que uno pueda pensar sobre una persona, sino que es una afirmación de fe, no subjetiva sino revelada. Sin la fe no podemos ver ni comprender, sin la fe no podemos afirmar los misterios que se consideran verdades. 

A veces opinamos por lo que vemos, que suelen ser apariencias. La fe es afirmar lo que uno siente desde lo más profundo del corazón, y nos crea un vínculo que se ha ido forjando en la confianza y en las experiencias positivas vividas, que fortalecen esa fe. Pedro ha respondido con un corazón que ha conocido a Jesús en su interior y no por las meras apariencias que puedan dar unas palabras o unos gestos. Pedro ha sido testigo de tantos días de Jesús a su lado, y todo lo que ha visto en Cristo le ha dejado una gran huella. Pedro ha visto en el Nazareno al Mesías y al Hijo de Dios, porque lo ha mirado con los ojos de una fe que le ha sido regalada por el Padre.

Parece que en nuestro mundo de hoy tener fe es ser un ignorante o ser corto de mente, porque los sabios parecen ser aquellos que piensan en la no existencia de Dios. Y es que la fe no es pensar o reflexionar sobre lo empíricamente demostrable sino amar a aquello que no se ve pero que se siente. Los misterios no se explican pero se aceptan. Cuando no se acepta el misterio cerramos las puertas a la fe. Cuando solo creo en lo que es evidente y comprobable desde los sentidos me cierro a lo trascendente. La fe, por tanto, nos hace tener altura de miras, poder ver más allá de lo meramente físico y material. Por eso creer en Dios es creer en el amor, en la paz... en realidades que no se ven ni se tocan con los dedos pero se sienten cuando se hacen presentes.

Pedro recibe la vocación desde la autoridad del Hijo de Dios de gobernar con amor la Iglesia fundada por Jesucristo. Pedro adquiere el poder de Cristo sobre su Iglesia. Y con Pedro todos sus sucesores. La Iglesia la formamos todos pero Pedro, y sus sucesores, son los que le dan unidad y los que toman decisiones en nombre del Hijo de Dios porque creemos en la acción del Espíritu Santo. 

Hoy la pregunta, por rebote, es también para ti, porque Jesús también te la hace a ti: ¿Y tú, quién dices que soy yo? Responder con fe es responder con el corazón. Si tu respuesta es semejante a la Pedro considera que es también la respuesta de toda la Iglesia que afirma, como san Pablo lo hace en su carta a los Romanos, "porque de Él, por Él y para Él existe todo. A Él la gloria por los siglos". La fe hecha sentimiento se convierte en una alabanza continua a un Dios que nos despierta asombro y admiración, porque para mí, como Dios, ninguno. Y amo a su Iglesia que dirigida por hombres, con miserias y debilidades, no deja de ser la Esposa de Cristo, por lo que la hace más fuerte en las dificultades. Por tanto, no me vale tener fe en Cristo sin sentirme Iglesia ni amarla. 

Opinar y criticar es fácil, pero tener fe no lo es, porque la fe, que nos hace ser bienaventurados, te compromete en amar aquello en lo que crees; y los cristianos, por la fe, amamos a Cristo y a su Iglesia. 

Emilio José Fernández

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